20 feb. 2014

¿Vale la pena?



Afuera todo gris
húmedo
formal y estructurado
como resignado a opacar.
Los adoquines mojados lagrimeantes
invitan  a la melancolía.

Los autos, edificios y la gente
en una escala de grises,
aceptando sumisamente
la tristeza implícita
del amontonamiento ciudadano.

Cada tanto algún desubicado
coloreando y sonriendo
como si no entendiera
de que se trata esto.

Balcones vacíos
y abajo peatones que no ven
más arriba del suelo.
Nadie se mira a los ojos y sonríe,
no hay música en el aire.

Silencio que adoctrina
todos evitando hablarse.
Nadie conoce a su vecino.
Salir es un castigo
y regresar es una suerte.

Lo que se sabe es impuesto
los informantes transmiten odio y miedo
condenándolos aun más al encierro,
sugestionando los alejan.

Nadie sabe que pasa más allá de su puerta
pero el sentido común les dice que es malo.
El otro es el culpable de todo.
Nadie se cuestiona nada.

La vida se institucionaliza,
los dogmas los rigen.
La única forma de vivir
es la rutina.

Un saludo es mal visto
un gesto, una mirada, es una amenaza.
El miedo y la desconfianza
parecen un precio muy alto
por la cercanía de las cosas.

Pareciera que la felicidad es antiurbana,
pero aun así aceptan este desvivir.
No les cuesta preferir el confort
aunque la comodidad los haga ermitaños.

Quizás me equivoque,
algo me estaré perdiendo,
al fin y al cabo
es la visión de un provinciano.

Matias Humaran
(En La Plata)

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