11 mar. 2010

Esa tarde






La miré con mis ojos fijos en su hermosura,

como dedos ardientes sobre su carne impura.

Preso del instinto salvajemente despierto

deje su adolescente desnudez al descubierto.

Con lentitud magnifica, lenta y ritual,

mis caricias desencadenan su fiebre bestial.

Conocedora del poder del placer,

manipula mi mundo con su mirada de mujer.



Comienzo en su boca un húmedo

camino de besos guiado por un dedo...

Y sus manos se aferran por la pasión

a donde alcanzan, sin detener mi acción.

Como se explica la ironía de la ternura

hecha con furia, esta voracidad sin cordura.

Se entornan sus ojos exquisitamente

ante mil impulsos de mi boca ardiente.



Aumenta el volumen de su coro sensual

y se aviva el fuego por su voz triunfal.

Regreso a su boca y la ansiedad palpita

el deseo nos ciega y la calma es maldita.

La unión consume y el mundo empieza a arder

su figura tiembla y parece, sumisa, desfallecer.

El éxtasis nos desborda de loca embriaguez.

Busco sus labios y todo empieza otra vez.



Matias Humaran

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